Los héroes sentimentales: la salvación individual

Los héroes sentimentales, de Rodrigo Murillo - Zenda
Fuente: zendalibros.com

Abordar el tema del Conflicto Armado Interno (CAI) ha sido una constante durante los últimos años en la narrativa peruana. A la vez, se han marcado alineaciones un tanto dicotómicas sobre miradas andinas y criollas. Sin buscar caer en estas posturas, es necesario indicar que el acercamiento a esta época de violencia sistemática marca pautas diferentes según el tipo de enfoque de los escritores en torno al espacio central del conflicto. Por ello, Los héroes sentimentales (2018), de Rodrigo Murillo Bianchi ― ganadora del Premio José Ángel Mañas ― se presenta como un interesante thriller político sobre el enfrentamiento entre las Fuerzas Armadas y el grupo subversivo Sendero Luminoso, pero con claras limitaciones para ofrecernos una mirada novedosa sobre un tema ampliamente visitado.

Como lo sugiere el propio título ―poco acertado por su explicitación y adelanto de cierto tono melodramático― la novela se centra en la vida de ―literalmente― tres héroes. Es sabido que a los protagonistas de novelas se les llama héroes, pero el título ya condiciona al lector a pensar que en efecto, habrá personajes que realizarán acciones valerosas y hazañas, propias de un discurso épico, que pareciera ser muy oportuno en medio de un contexto bélico como el del CAI. Santiago Ferré (militar de la Marina de Guerra), Maximiliano Prado O’Higgins (hijo de un empresario millonario) y el padre Basilio Huayta verán cómo su vida dará un giro radical al verse involucrados directa o indirectamente en el enfrentamiento entre los diferentes actores del Conflicto. Santiago es asignado a realizar operaciones contra el grupo subversivo Sendero Luminoso y cae en una emboscada, producto de sus interacciones con una comunidad de los Andes peruanos. Por su parte, Maximiliano, proveniente de una larga tradición familiar de hacendados y empresarios, es secuestrado por un viejo conocido que se ha vuelto integrante de Sendero Luminoso (Jacinto); este extraño reencuentro evocará antiguos recuerdos íntimos entre ambos jóvenes. Finalmente, el padre Basilio apela a sus valores cristianos para dar consejo a un joven herido, sin saber que este encuentro causará sospechas en las autoridades que están investigando a varios subversivos.

Como se puede desprender de cada historia, la intriga salta a todas luces, especialmente porque el contexto de violencia en el que suceden la mayoría de las acciones (1992), pone en riesgo la vida de los protagonistas. Estos provienen principalmente de la clase alta limeña (entorno de Santiago y Maximiliano), un ambiente descrito con minuciosidad. Vemos los vicios y dilemas de este mundo amenazado por la aparición de Sendero Luminoso, pues la novela adquiere más intensidad al referir la presencia de los subversivos en la ciudad de Lima. Es destacable la prosa ágil del narrador, sin dejar de describir con destreza los diferentes escenarios a medida que se despliegan los sucesos más importantes. Asimismo, hay una intención de dotar de profundidad histórica a la novela, sobre todo al inicio, pero esto rápidamente se diluye para dar paso a los dilemas individuales de los protagonistas, que desde un entorno privilegiado, no se sienten interpelados por las dinámicas sociales que afectaron al Perú durante el CAI. En otros términos, podríamos aseverar que lo que en el papel sería una novela de corte social o histórico en realidad es una novela de suspenso ―con éxito, sobre todo tratándose de una opera prima― donde predominan las intrigas y conspiraciones. No sorprende, por ello, la presencia de personajes como Vladimiro Montesinos para acentuar el problema de la corrupción por parte del gobierno. Junto con él aparecen otros personajes que se amoldan a la etiqueta de villanos frente a los héroes ya referidos. Lo llamativo es que las acciones honrosas de los protagonistas proceden de decisiones absolutamente individuales, despojadas de cualquier vínculo con una colectividad (no es casual que las veces que aparecen personajes indígenas que forman parte de comunidades, estos tengan una participación menor en la trama); solo se asoma cierta complejidad en el caso del padre Basilio.

El manejo del suspenso se complementa con el recurso de saltos temporales y de la alternancia de historias. Estas características, junto con un retrato detallado de varios espacios limeños de clase media o alta, evidencian la fuerte influencia de Vargas Llosa en la prosa de Murillo. Sin embargo, lo que debería siempre ser una narrativa fluida y entretenida, cae en cierto acartonamiento al  presentarse los capítulos con títulos innecesarios, pues anticipan el contenido el tono de la narración. Incluso, el propio final de la novela lleva como título “El final (parte primera)” o “parte segunda”, lo cual le resta seriedad a la destreza del autor. Estos problemas podrían haberse solucionado con una edición más cuidadosa. Por otro lado, la narración no emplea mayores innovaciones estilísticas, pero lo que muestra satisface el objetivo de la novela: contar una buena historia y mantenernos en suspenso con interesantes giros de la trama.

Novelas como Los héroes sentimentales resultan llamativas porque nos demuestran que el CAI puede ser un tema infinitamente visitado para contar historias sobre ese periodo. Quizá su mayor novedad sea inmiscuirse en las relaciones entre el fujimontesinismo y la Marina de Guerra, por lo cual su lectura contribuye a la importancia de la memoria histórica nacional, especialmente para muchos jóvenes que en la actualidad desconocen la violencia perpetrada por las Fuerzas Armadas. Al mismo tiempo, Murillo actualiza la interrogante sobre el vínculo o compromiso ―ético, pero sobre todo político e histórico― de la novela con una época que aún no llegamos a comprender ni valorar en su real magnitud.

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