Contemplación y Un médico rural de Franz Kafka: tensión entre narrar y describir la condición humana

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Fuente: iberlibro.com

Pensar en la genialidad de Kafka supone frecuentemente descubrir la perfecta articulación que realiza el autor checo entre los grandes problemas existenciales del ser humano y la narración breve de tendencia aforística. En el caso de sus cuentos, más que encontrar formas experimentales de narración, hallamos características que se alejan del principio básico de la cuentística: descripciones, digresiones, y sobre todo profundas introspecciones en la mente humana. Sin embargo, lo más interesante de los dos primeros libros de relatos que publicó en vida es observar el desarrollo de Kafka como escritor, desde la prosa reflexiva y con tintes poéticos (Contemplación) hacia textos más emparentados con la forma del relato narrativo (Un médico rural)[1].

En Contemplación abundan textos muy breves o microrrelatos, y solo algunos otros de mayor extensión. Dentro de la complejidad y carácter críptico de los relatos, se distinguen reflexiones sobre la vida rural, costumbres de la burguesía, la mirada del flâneur, y una narración claramente de índole fantástica; pocas veces se observa en este libro una prosa de eminente tono narrativo. Por el contrario, lo más frecuente es encontrar indagaciones filosóficas y existenciales que algunas veces atentan contra la lógica convencional. En el caso de Un médico rural, es más difícil hallar microrrelatos, y justamente la extensión de estas prosas calza mejor dentro de los parámetros de la narración. Persisten los temas sobre el espacio rural, como el propio cuento que da título al libro; reflexiones sobre la naturaleza del ser humano, que son guiños a novelas como El proceso (para esta época ya había sido escrita, a pesar de que se publicaría póstumamente); y situaciones fantásticas y otras veces paradójicas o absurdas que demuestran profunda erudición.

Ambos libros de cuentos ponen en evidencia la virtud de Kafka ―no sin cierta irregularidad― para construir prosas donde cada detalle está cargado de una gran significación, así como cada texto en conjunto funciona como una alegoría de la condición humana (rasgo muy presente en obras como La metamorfosis). Esta observación minuciosa del autor checo por los detalles demanda una lectura pausada y atenta, y se conjuga perfectamente con el carácter breve de la prosa, por lo que aprehender (parcialmente) el sentido del texto supone una relectura constante sobre las reflexiones sucintas de los protagonistas. No en vano, el microrrelato más aclamado para muchos es “El deseo de ser piel roja”, cuya belleza poética contribuye paradójicamente tanto para resaltar una apología a la libertad como para producir una extraña sensación de angustia. Asimismo, la prioridad por describir antes que relatar incide en la construcción de espacios extraños o incluso alienantes para sus personajes. Hay una recurrencia en ciertos microrrelatos por la perspectiva del protagonista observador, ubicado en una ventana o en una calle, que evoca hasta cierto punto la imagen del flâneur, el caminante que para Walter Benjamin encarnaba la experiencia de la vida urbana y moderna.

En las prosas de relativa extensión, donde la forma cuentística es más clara por el hecho de contar una historia en sí (la mayoría de textos de Un médico rural), Kafka despliega con bastante acierto sus preocupaciones por el ser humano, pero siempre a través de la cotidianidad, como la de un zapatero en “Un viejo manuscrito”, o la de un campesino en el magistral “Ante la Ley”, especie de parábola que será reintroducida en El proceso. Estamos ante prosas desconcertantes por el encadenamiento de sucesos sin mayor lógica causal. Una escena monótona puede abrir paso a situaciones absurdas, pero que en realidad plantean profundas reflexiones intelectuales. No obstante, Kafka no abandona en este libro el predominio de la descripción, sobre todo en “Una visita a la mina” y “Once hijos”, pues este recurso le permite construir imágenes simbólicas de la opresión del ser humano, sea a manos de los jefes o del padre. Incluso, en un relato de índole policial, como “Un fratricidio”, el autor emplea el formato de este género como pretexto para resaltar los detalles del crimen y generar con ello una atmósfera de tensión que le añade dramatismo a su prosa. Como se puede apreciar, los relatos atraviesan una variedad de géneros literarios con el objetivo de resaltar sus grandes preocupaciones sociales y artísticas.

El valor de la obra kafkiana es indudable, pero repasar sus primeros cuentos nos ayuda a notar el desarrollo de su prosa y ofrece más luces de los múltiples recursos técnicos que emplea el autor para transmitir la sensación de vivir en un mundo grotesco, absurdo y de inevitable fragilidad[2]. Sea a través de microrrelatos, como “El pueblo más cercano” o “Un mensaje imperial”, cuyas aporías se parecen a los mundos borgeanos de “El jardín de senderos que se bifurcan” o “La muerte y la brújula”; o mediante cuentos no tan breves y de tendencia fantástica, como “Preocupaciones de un jefe de familia” o “Informe para la Academia”, leer a Kafka resulta un desafío constante, porque nuestra frecuente búsqueda de sentido acaba en el desconcierto y la angustia ante un mundo ficcional cuya accesibilidad es solo parcial, pero sin lugar a dudas un reto lleno de satisfacción.


[1] Ambos libros se encuentran en la edición de Narrativa Completa de Kafka, de la editorial Seix Barral (traducción de J. R. Wilcock).

[2] A más de un siglo de distancia, no cabe duda que esta visión kafkiana del mundo es cada vez más certera para describir nuestro presente en pandemia.

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