La Generación del Bicentenario: una ciudadanía forjada a espaldas de la República

Foto: Sebastián Castañeda – Reuters

Son muchas las veces que se insiste en esta nomenclatura: “Generación del Bicentenario”. Es sabido que el nombrar las cosas o sucesos permite darles un valor simbólico, atribuirles un significado y ubicar su lugar en la historia. Lo que se está viendo en el Perú durante las últimas semanas incide en dicha necesidad, y para quienes nos formamos dentro de los claustros universitarios de las Humanidades, la “Generación del Bicentenario” no deja de hacer eco a dos hechos históricos claramente imbricados: los doscientos años de vida republicana, y por supuesto, el hecho de una generación que represente este momento en la historia peruana.

Quisiera incidir en el hecho de que la trascendencia de esta nueva generación no solo responde a una situación propia del presente, sino al desplazamiento de valores que está produciendo respecto de los conceptos más convencionales de una generación. Para ponerlo en términos concretos, hace cien años se vivía un escenario similar: un grupo de jóvenes representaba el nuevo espíritu de la época y asumió un compromiso ante los problemas que afrontaba el Perú en su primer centenario de independencia. De hecho, antes de que aparezca en el espacio público la “Generación del Centenario”, dos décadas atrás ya se hablaba de otro grupo de jóvenes que también se puso a los hombros el objetivo de construir el futuro del Perú: la Generación del 900. Al margen de las diferencias entre ambos grupos y de las claras polémicas que se suscitaron durante esos años, lo cierto es que incluso la flamante “Generación del Centenario” (entre los cuales destacan Jorge Basadre, Raúl Porras Barrenechea, y Luis Alberto Sánchez) representaba valores que para nuestro presente resultan ajenos: todos eran hombres, parte o cercanos a la clase media criolla y pertenecían exclusivamente a la universidad pública.

Sin dejar de lado sus grandes aportes ―se encargaron de ahondar en los problemas del Perú en torno a los principios de identidad y nación― queda claro que la generación actual tiene cualidades muy diferentes: pertenecen a espacios diversos, hay un amplio número de mujeres participando activamente, y provienen tanto de universidades públicas como privadas. La socióloga Noelia Chávez ha señalado que esta generación “es la ciudadanía movilizada para poder cambiar un status quo que no responde a sus necesidades”[1].

Generación del Centenario: peruanos por un nuevo país | Cortinas de humo
“Generación del Centenario”. Fuente: cortinasdehumo.wordpress.com

Vivimos en una época de constante lluvia de información y de reacciones inmediatas (posts, emojis, stickers de Whatsapp, etc.), características que siempre fueron vistas como elementos en contra de cualquier organización o movilización. Sin embargo, aunque el tiempo solo determinará el real impacto de lo sucedido en las últimas semanas, lo cierto es que fue este impulso propio de lo instantáneo, de la comunicación virtual, del compartir la información con frecuencia, lo que permitió la asistencia masiva de personas en diferentes puntos del país. Y creo que aquí surge la gran lección para quienes pensamos que los cambios sustanciales recaen en las elites políticas o académicas: la generación actual le ha demostrado a quienes nos formamos bajo el paradigma de generaciones anteriores que los cambios no surgirán desde el discurso o desde el papel, sino desde la acción, a partir de una potencialidad que se anuncia desde lo virtual.

¿Son conscientes los jóvenes de que están heredando doscientos años de una compleja vida republicana? Es posible, pero una vez más, teniendo en cuenta los distintos entornos de los cuales provienen, su mayor preocupación se encuentra en expresar su malestar y hartazgo contra la clase política tradicional y contra toda una serie de abusos de las cuales han sido víctimas directa o indirectamente. Recordemos que la herencia de la desigualdad es una constante en el Perú, y pese a que la educación que recibimos en los diferentes niveles no nos lo demuestra conscientemente, los jóvenes han sido testigos de las claras limitaciones socioeconómicas para acceder a sus demandas. Desde luego, esto no sería posible sin la crisis generalizada que vivimos a nivel mundial en medio de una economía neoliberal que sigue abriendo brechas de desigualdad, pero que al mismo tiempo permite tomar una conciencia global de la necesidad de luchar contra ella (no en vano son tiempos de constantes marchas y movilizaciones).

Los sucesos recientes han confirmado la crisis del sistema económico neoliberal impuesto bajo la Constitución de Alberto Fujimori en 1993, y a partir de la cual ingresamos a un tipo de gobierno que pese a ya no ser efectivamente dictatorial desde el año 2000, en realidad, en pleno 2020, mantiene una fachada democrática, a la cual podemos denominar como “poliarquía”. Tomando el término de Roberth Dahl, William Robinson la define como “un sistema en el cual un pequeño grupo es el que realmente gobierna, en representación del capital, mientras que la participación en la toma de decisiones por parte de la mayoría se limita a elegir entre élites que compiten en procesos electorales controlados”[2] (mi traducción, 293). Robinson explica que esta forma de gobierno sustituyó a las dictaduras en Latinoamérica para ofrecer una mejor apariencia democrática. Así podemos calificar el sistema electoral que poseemos y cuyas reglas permitieron que ciertos grupos tomen el control del Congreso y de la Presidencia. Evidentemente, las protestas acabaron por demostrar que un gobierno de esta naturaleza difícilmente puede ser legitimado por la población, ya que depende ante todo de un modelo económico neoliberal que genera claras tensiones sociales (desigualdad, polarización, constante pobreza y marginalidad). Y si creíamos ser gobernados por un régimen no claramente autoritario hasta que sucedieron las tragedias de las últimas semanas, debemos reconocer que en realidad el Estado neoliberal ya se encargaba de reemplazar los sistemas coercitivos de control social y recrear condiciones económicas que hacen cada vez más insostenible la posibilidad de una genuina democracia. Ante esta crisis, la violencia despiadada fue el último recurso para sostener este falso régimen democrático (y verdaderamente policrático), pero su real disolución solo será posible bajo una transformación de la esfera socioeconómica, y esto requiere necesariamente de una nueva Constitución.

En este escenario, la idea de una generación que se identifique con los ideales de libertad que se promovieron en 1821 es lo más distante de la realidad. La “Generación del Bicentenario” alude paradójicamente a la posibilidad de un país que surge debido a la decadencia de sus instituciones, del continuo modelo fallido de una república que no representa a sus ciudadanos, sino que los maltrata, e incluso los asesina. Se trata realmente de una generación que a casi doscientos años de la independencia del Perú, les dice a sus antepasados que quieren romper con esa herencia, porque a pesar de los episodios claves de nuestra historia, nunca nos despojamos de una República criolla y de un Estado que ha vulnerado constantemente a sus ciudadanos.

La historia cíclica de la violencia

Es cierto que los actores políticos tradicionales yerran al creer que estos jóvenes están motivados por grupos políticos específicos, pero mientras que el surgimiento de esta generación responde a intereses y exigencias propias del ahora, no se puede ignorar el legado histórico de violencia y pobreza en el Perú. Los jóvenes del presente luchan contra un Estado que nunca les ha brindado las herramientas necesarias a sus ciudadanos, menos aún en el Perú postconflicto.

Cuando nos enteramos de las muertes de Inti Sotelo y Bryan Pintado recordamos los diversos crímenes que el Estado peruano ha cometido durante las últimas décadas, a pesar de haber recuperado –supuestamente- la democracia en el año 2000. En uno de los reportajes que se realizaron en homenaje a estos dos jóvenes, se mencionó que Inti nació en Ayacucho, lugar de donde también proviene su padre. Es oportuno recordar que la región de Ayacucho ha sido una de las más golpeadas por la violencia y la pobreza a lo largo de la historia peruana, por lo que resulta probable que los familiares de Inti hayan sido afectados por la violencia política durante el Conflicto Armado Interno. Inti representa a las nuevas generaciones que si bien no vivieron directamente la violencia de hace unas décadas, son los sobrevivientes de parientes cercanos o lejanos que padecieron durante el Conflicto. En dos épocas diferentes vemos un mismo patrón: jóvenes que migran por una mejor calidad de vida. ¿Y qué respuesta les ha dado el Estado? En el “mejor” de los casos, la indiferencia; en el caso de Inti, la muerte en manos de la policía. Queda claro que somos una sociedad postconflicto, no porque la violencia ya se haya superado, sino porque el Estado nunca dejó de ejercerla; sigue perpetuándose y ahora pretende alcanzar a las nuevas generaciones de jóvenes, obligándolos a enfrentarse a la historia cíclica de la violencia en el Perú. Y a pesar de ello, la Generación del Bicentenario ha surgido para recordarnos que doscientos años después, la ciudadanía ya no puede ofrecerla el viejo modelo de Estado republicano, sino las calles, aquellas que a pesar de las balas y las bombas lacrimógenas, solo les pertenece a los jóvenes.

Inti y Bryan: siempre en la memoria | La República
Fuente: larepublica.pe

Apostilla: La memoria política es imborrable

La historia es cruel sobre en todo en sus repeticiones. Dos días antes de terminar de escribir estas líneas, había sucedido un atentado contra el memorial de Inti y Bryan, ubicado en el Centro de Lima, por parte de una serie de personas que probablemente pertenecen a Fuerza Popular, el grupo político que apoyó el golpe de Estado llevado a cabo por el Congreso de la República hace unas semanas. Quizá no sean exactamente miembros de ese partido, pero no cabe duda de que los artífices de este acto abominable pertenecen al sector político conservador, incapaz de respetar la muerte de dos víctimas. Pese a ser vencidos en las calles, siguen gozando de impunidad y cierta complicidad de la Policía Nacional, porque no es casual que, estando la ciudad bajo toque de queda, el atentado contra el memorial sucediera en la madrugada de hoy, sin ninguna intervención por parte de la Policía.

Recordemos los diferentes memoriales de víctimas que han sido profanados a lo largo de estos años. El mensaje de hoy es el mismo de hace varios años: no quieren que nuestros muertos dejen de ser violentados en esta necrópolis llamada Lima. Pero la contrarrespuesta también ha sido inmediata: en pocas horas los jóvenes restauraron el memorial dejando en claro que la memoria de Inti y Bryan, y la de toda su generación no va a ser borrada. Las víctimas del pasado se deben ver ahora representados en ellos, y en la historia alternativa que estos jóvenes claramente están forjando.


[1] https://ojo-publico.com/2259/la-generacion-del-bicentenario-se-moviliza-contra-el-status-quo

[2] William Robinson. Latin America and Global Capitalism (2008). Para una profundización sobre las implicancias de la poliarquía, ver el capítulo 5: “The Antinomies of Global Capitalism in the Twilight of Neoliberalism”.

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