Umami: ¿a qué sabe el duelo?

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Umami, de Laia Jufresa – El pez volador

La literatura juvenil muchas veces es vista como literatura menor o de poca importancia en relación con novelas cuyos personajes son adultos y afrontan problemas complejos como la búsqueda de un destino, conflictos con la sociedad (a nivel familiar, económico, político), etc. Sin embargo, la exploración del universo juvenil permite ofrecer nuevas miradas sobre el mundo en general, que la perspectiva adulta suele ignorar ante un imponente dominio de la objetividad y la racionalidad. En Umami (2015), esto resulta más atractivo porque la narración expone también las feminidades juveniles y las claras diferencias de género en esta etapa de la vida.

La obra de Laia Jufresa nos cuenta la vida de los habitantes de la privada Campanario en la Ciudad de México, generalmente desde la perspectiva de mujeres jóvenes o niñas. Cada una de las casas lleva el nombre de los cinco sabores existentes: dulce, salado, amargo, ácido y umami. A través de diversos recursos técnicos a nivel de tiempo, perspectiva y lenguaje, la novela ofrece una variedad de voces sobre los acontecimientos que afrontan cada una de las familias de Campanario. Así, cada capítulo es narrado desde la perspectiva de un personaje: Ana, una adolescente que vive fascinada con la agricultura; Luz, la hermana menor cuyo fin trágico da inicio a la historia; Pina, la mejor amiga de Ana; Marina, una joven fascinada por los colores que tendrá cercanía con Ana y su familia; y Alfonso, un antropólogo especialista en comida prehispánica que construyó el edificio donde viven todas las familias.

El lenguaje narrativo emplea oraciones y capítulos breves, salvo algunos correspondientes a la narración de Alfonso. Con ello, la escritora opta por una perspectiva plenamente juvenil y adolescente, pero esta sencillez no evade los temas centrales que rodean a los protagonistas: la muerte, el duelo y la soledad. En realidad, la novela los presenta con una mirada a veces inocente o indiferente, como la prueba de que solo los adultos son quienes parecen no poder escapar del dolor que experimentan. Esto se comprueba sobre todo en los padres, a diferencia de Alfonso, quien no tiene hijos y se propone a sí mismo una forma original de afrontar el duelo: el recurso de la escritura y la memoria. Además, su cercanía con Ana parece cambiar también su perspectiva ante la muerte.

Los temas descritos no niegan, desde luego, que como parte del mundo de los jóvenes, aparezcan problemas más tradicionales como la formación de la identidad, el descubrimiento de la sexualidad, o los trastornos alimenticios. Los miedos, las dudas, y la violencia inherentes a estos, como a los temas previamente descritos, aparecen en la obra de una forma lograda, rara vez acudiendo al melodrama. Acaso el tono dramático sí se perciba en la historia de amor de Alfonso, pero esta resulta verosímil cuando conocemos a profundidad su personalidad, un rasgo que lo vuelve entrañable.

Si bien la estructura y organización de la novela es lo que salta a la vista y resalta sus cualidades estéticas, hay un desbalance entre la forma y los temas abordados: las innovaciones técnicas sobresalen frente a las historias de algunos personajes. El recurso de múltiples perspectivas es acertado para personajes totalmente complejos como Ana y Alfonso, pero en los capítulos correspondientes a Marina o Pina, a medida que avanza la obra, ellas quedan desdibujadas. Por otro lado, los mundos femeninos se representan con bastante acierto y heterogeneidad: niñas, jóvenes, adultas y ancianas. La narración evade los estereotipos para mostrarnos, por ejemplo, una madre no maternal o una abuela con estilo de vida hippie. Mención aparte merece el personaje de Alfonso, el único protagonista masculino que a través de la primera persona relata sus conflictos propios de un viudo de la tercera edad. Gracias a la compleja visión de la autora, vemos una masculinidad que intenta salirse de los moldes patriarcales, y refleja los dilemas que experimentan muchos hombres ante la imponente figura de la pareja, sobre todo luego de que esta ha muerto.

La prosa de Jufresa nos transporta a un mundo donde la muerte, el duelo, o el abandono son motivos de amplia reflexión, pero nunca exentos de la ironía y el humor, con lo cual acentúa una serie de imágenes ambiguas o tragicómicas para temas que suelen ser retratados con seriedad y excesivo respeto. De esta manera, la autora trae a colación la particular simbología de la muerte para los mexicanos, así como para muchas otras culturas que no han renunciado a sus valores prehispánicos o no occidentales. Los sabores cambiantes o no totalmente definidos (el umami es el mejor ejemplo) se vuelven metáforas que retratan la naturaleza de las emociones humanas, sobre todo juveniles. Quizá el excesivo afán del recurso lúdico afecte la construcción solvente de algunos personajes, pero en el caso de los otros, sí logra que los lectores nos dejemos envolver en su volubilidad, como si estuviéramos degustando una variedad de comidas, entre las cuales se nos presenta como plato de fondo al duelo, cuyo sabor –nos sugiere la novela- no siempre tiene que saber amargo.

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