Diagnóstico de la crítica literaria peruana: el caso de la novela de las últimas décadas (III)

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Siguiendo con las omisiones de Ágreda en su balance de la producción novelística durante los noventa, llama la atención las simples menciones (en sus palabras: “merecen mencionarse novelas como…”) a Ximena de dos caminos (1994) de Laura Riesco, y Yo me perdono (1998) de Fietta Jarque. La novela de Riesco es importante, pues junto con Ollé, resaltan la calidad de la narrativa escrita por mujeres durante esta década. Dicha novela tiene como referentes directos a Un mundo para Julius y a Los ríos profundos, con lo cual se observa una interesante continuación de los modelos narrativos tradicionales de la novela peruana, pero al mismo tiempo se produce una tensión frente al estilo de los escritores de Narración. Pese a las similitudes en el estilo realista, la novela de Riesco no se adscribe al proyecto político de aquellos.

El caso de Jarque, por su parte, es una interesante incursión en la novela histórica, género que será explotado con más insistencia en décadas posteriores (por ejemplo, en Asesinato en la gran ciudad del Cusco (2007) de Luis Nieto Degregori, algunas novelas de Sandro Bossio, o El enigma del convento (2014), de Jorge Eduardo Benavides). No deja de ser menor que las menciones a Riesco y Jarque queden en segundo plano y que sean mujeres escritoras, ya que el canon narrativo peruano suele estar marcado por un sesgo patriarcal. Sin embargo, es tarea de la crítica resaltar que esta hegemonía empieza a tambalearse en los noventa.

Finalmente, también sorprende que Ágreda ubique a Óscar Colchado en la generación del nuevo siglo, pese a que menciona la importancia de Rosa Cuchillo (1997). Su criterio se basa en separar la “novela de la violencia” en el ámbito del siglo XXI, porque en este periodo, aduce, aparecieron muchas de las obras que él considera las más importantes. No obstante, es necesario destacar que la novela de Colchado no solo es una novela que aluda al periodo histórico del Conflicto Armado, sino que ante todo actualiza el debate sobre el desarrollo de la novela en el Perú: la tensión entre la narrativa indigenista y la narrativa urbana (a inicios de los sesenta)[1]. Si bien ambas tradiciones son visibles en la poética de los escritores de Narración, es en Colchado donde se recupera de manera más clara el legado indigenista y neoindigenista, mientras que los nuevos escritores de los noventa optan por una tendencia mucho más cercana a los aportes de la narrativa urbana. A su vez, no es casual que ambas tradiciones giren en torno al abordaje o la evasión de un hecho histórico fundamental durante esos años: la violencia política. Desde luego, toda poética se ve afectada en mayor o menor medida por su contexto social, pero ello no implica que la crítica establezca equivalencias entre el fenómeno literario y la realidad socio-histórica, como sucede con la problemática denominación de “novela de la violencia” y su ubicación temporal principalmente en el siglo XXI. Este criterio impide reconocer la aparición de novelas sobre el mismo tema en épocas anteriores (ochenta o noventa), o les resta importancia, como si indirectamente las novelas de la década posterior fueran mejores. Pero este supuesto género revela un problema mayor. Señalaré dos puntos que considero centrales al respecto.

En primer lugar, un balance crítico que apunta hacia la formación de tradiciones y por ende, de un canon, no debe usar criterios limitados al aspecto temático. De lo contrario, se podría pensar también que la “novela urbana” es un género novelesco particular, cuya infinidad de autores podrían adscribirse dentro de un solo grupo. En realidad, la narrativa urbana fue útil para señalar la aparición de una renovación en la tradición narrativa peruana, y luego, pese a que hubo una amplia producción de novelas cuyos escenarios transcurren en modernas ciudades (generalmente Lima), ya no se volvió a utilizar esta denominación para reunir a obras tan variables en estilo a lo largo del tiempo. Lo mismo se puede afirmar de la “novela de la violencia” si se toma en cuenta los elementos estéticos de la narración. Además, si la producción narrativa se dividiera solo en temas, la función de la crítica sería inútil; cualquier lector podría saber cuál es el tema principal de una novela y así establecer clasificaciones. En todo caso, si se pretende agrupar un enorme conjunto de novelas bajo cierto rótulo, por lo menos se debe señalar dentro de este los diferentes estilos o técnicas narrativas empleados para abordar un fenómeno tan complejo como el de la violencia. Así, podrían diferenciarse aquellas novelas que abordan el tema desde el modelo realista más tradicional, policial, fantástico, etc.

En segundo lugar, la “novela de la violencia” aparece también como resultado de un aspecto que he sugerido al inicio de este ensayo: la hegemonía de los análisis de textos sobre la crítica literaria convencional. Esto ha permitido que la crítica asuma pasivamente los criterios académicos empleados en el estudio de la literatura. Como la mayoría de estos se enfocan en cuestiones ideológicas como la representación (identidad, nación, etc.), las novelas que abordan el tema de la violencia política se volvieron caldo de cultivo para una amplia variedad de elucubraciones, lo cual supuso el abandono total de los aspectos técnicos y formales. La relevancia del tema político evidente en estas narraciones acentuó de manera errónea en los estudiosos de la literatura la idea de que la crítica no necesitaba reflexionar sobre los aspectos formales.

La opacidad y la transparencia - Las2orillas
Fuente: Las2orillas.co

* La crítica en la opacidad

La hegemonía de los análisis de textos no solo afecta un caso particular como el de la “novela de la violencia”. En realidad, establece indirectamente criterios de canonización que excluyen los aspectos estrictamente literarios o estéticos, pues no hay una comunidad crítica que pueda hacer un contrapeso; en su lugar, ocurre lo que Díaz denomina, con acierto, un repliegue[2]. Sin embargo, para algunos esta tensión entre dos modos de hacer crítica literaria queda injustamente simplificada: “No se puede confundir la crítica, actividad axiológica y valorativa, preocupada de juzgar y calificar una obra, con los estudios literarios, actividad cognoscitiva y descriptiva, interesada en precisar y explicar los funcionamientos textuales y las condiciones de su manifestación” (Huamán). Es sintomático el hecho de que esta distinción se base en la presencia o ausencia de valoración de una obra literaria. Ante la hegemonía de los análisis de textos y el abandono de la crítica, más aún, de juicios valorativos, ¿cómo se puede reflexionar sobre nuestras tradiciones y la conformación de un canon?[3] De hecho, muchos afirman desde hace un tiempo de la inutilidad de pensar en un canon por considerarlo una herramienta más de marginación; en su lugar, han propuesto la idea de corpus. Desde luego, en el ámbito académico, hay plena libertad para rescatar o valorar determinadas obras (incluso, ya no necesariamente la literatura escrita o la literatura en general, sino cualquier producto cultural, como se suele hacer en los estudios culturales), pero la crítica literaria no emplea –o no debería emplear- los mismos criterios. Es necesario reflexionar sobre los riesgos que enfrenta una cultura si una de sus manifestaciones –en este caso, la literatura- se vuelve un conjunto de elementos caóticos y sus tradiciones, aquellas que tanto esfuerzo le costó forjar (justamente a partir de diferentes cuestiones formales asociadas con principios como el reconocimiento de la Otredad, la identidad, etc.), son ignoradas y reemplazadas por la simple visibilización de ciertos temas o ideologías.

Como se puede desprender de este texto, cuando mis amigos y colegas me devuelven la pregunta sobre la existencia de la crítica literaria en la actualidad, una vez que remarco la diferencia entre los dos tipos de crítica, debo mover la cabeza para indicar, muy con pesar, una negación, sobre todo en el caso descrito de la novela contemporánea. No cabe duda que siempre habrán excepciones[4], y justamente gracias a ellas, es que he querido incidir solo en algunos aspectos sobre la crisis de la crítica literaria peruana y cómo este problema, más allá de ser un debate netamente intelectual –que lo es y merece ser abordado, sin duda- perjudica también la comprensión de nuestras tradiciones literarias. La opacidad real de la década de los noventa parece irónicamente quedar opacada por las limitaciones de la crítica literaria. Una sombra cuya neblina bien podría expandirse en el caso de las novelas del nuevo siglo.

Obras citadas

Huamán, Miguel Ángel. “Contra la ‘crítica del susto’ y la ‘tradición del ninguneo’”. Alma Mater 2001 (20), pp. 97-112. Citado de la versión web: http://sisbib.unmsm.edu.pe/BibVirtual/Publicaciones/Alma_Mater/2001_n20/critica_susto.htm


[1] Desde luego, no solo se trata de modelos opuestos, ya que muchas novelas urbanas de los cincuenta y sesenta se alimentan de la tradición indigenista.

[2] Cf. Mateo Díaz. “El repliegue de la crítica”. El autor señala la relevancia del análisis de los elementos formales de los textos literarios, y aunque concuerdo con ello, dudo que recuperar este terreno de estudio contrarreste en gran parte el repliegue de la crítica. Por ejemplo, muchos escritores son conscientes de los aspectos formales, y este conocimiento no ha logrado que sus incursiones en medios escritos sean considerados realmente ejemplos de crítica literaria. Un análisis formal puede caer en una mera descripción de los aspectos narratológicos de un cuento y ello no contribuye necesariamente al reconocimiento de una obra en su tradición literaria. En pocas palabras, el problema de la crítica literaria requiere una visión multifactorial. Solo para mencionar un caso, aparentemente externo, pero que es importante porque involucra el proceso de producción de escritura crítica: muchos estudiantes peruanos de literatura saben que una formación académica centrada en los aspectos teóricos o ideológicos les ofrece alguna mayor ventaja en el mundo laboral (incluso por una cuestión práctica como culminar la elaboración de una tesis) que un estudio formalista, ya que la universidad les ofrece una mayor cantidad de herramientas para volverse “expertos” en ese ámbito. Es decir, el estudiante es consciente de la existencia de ambas tendencias, pero escoge la primera porque le resulta más práctica en una época donde las carreras de Letras están sumergidas en las dinámicas de la precarización neoliberal. En este sentido, la crítica literaria se vuelve claramente una actividad solitaria, dentro del ya aislado ámbito de las Letras. Para una reflexión que toma en cuenta este aspecto, cf. REDLIT. “Sobre crítica literaria en el Perú: una conversación con Carlos Torres Astocóndor”.

[3] Huamán sitúa sus reflexiones sobre las acepciones de la “crítica literaria” en medio de un debate sobre el rumbo de los estudios literarios peruanos a inicios del siglo XXI. Al margen de la polémica particular, sus ideas sobre el desarrollo de los estudios literarios demuestran una predilección por el estudio académico y un desinterés por la crítica literaria. No es tampoco gratuito que su posición, a inicios del nuevo siglo, coincida con la paulatina ausencia de textos críticos sobre literatura peruana de las últimas décadas (justamente desde los noventa hacia delante).

[4] Vale indicar aquí la aparición de diferentes libros que se relacionan indirectamente con este tema, como por ejemplo Parkinson, alzheimer y literatura: la reorientación de los estudios literarios en el Perú (2017), de Dorian Espezúa, y Diálogo de sordos en la crítica peruana (2017), de Miguel Ángel Huamán.

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