Los diarios de Emilio Renzi: Una vida en la literatura o la intimidad fuera del yo

Fuente: anagrama-ed.es

En tres tomos Piglia despliega una serie de dudas y periodos de crisis tanto en su faceta de escritor como en la de ser humano. Quisiera detenerme particularmente en el último tomo por tratarse de un punto de cierre y que reorienta el sentido total del proyecto “Diarios”.

Domingo 5

Reparo en la primera sección, “Los años de la peste”, compuesta a su vez de dos partes: “Sesenta segundos en la realidad” y la serie de Diarios correspondientes a los años marcados por la Dictadura argentina de los años setenta. Se puede decir también que “Sesenta…” corresponde a un preámbulo de la continuación de los Diarios, porque se presentan reflexiones propias de una etapa posterior a los años setenta. También se anuncia aquí un elemento crucial que va a marcar la escritura del último tomo: la inminente cercanía de la muerte. Sin embargo, esto que parece vislumbrarse desde el inicio va a quedar suspendido gracias al registro personal de las fechas correspondientes a cada diario.

Tras haber pasado varias semanas en la segunda sección, “Un día en la vida”, articulada por diversas entradas ausentes de fecha (y por ende como una especie de digresión de la propia estructura de los Diarios), veo un esfuerzo del autor por remarcar una serie de experiencias dentro del tiempo transcurrido a lo largo de un día (gesto joyciano por excelencia). Por su parte, la última sección, “Días sin fecha” presenta una falsa estructura de Diario, pues claramente no se registran fechas exactas, y en su lugar hay una organización temática a partir de subcapítulos. A su vez, es explícita la intención del autor para enmarcar estos episodios –correspondientes a la última etapa de su vida- dentro de la anécdota del Diario.

He preferido resumir muy someramente la estructura del libro para poder dejar que cada lectura encuentre la inmensa variedad de temas que aborda Piglia en uno de sus últimos testimonios literarios y reales, pero si algo queda claro luego de recorrer las más de mil páginas de “Los diarios de Emilio Renzi” es que hay un estrecho vínculo entre la literatura y la vida, pero con la firme convicción de que ambas son experiencias que solo pueden ser transmitidas de forma retroactiva. Esto no significa que “todo es una ficción”[1], sino que el recuerdo que tenemos sobre cada suceso de nuestras vidas apela a una serie de mecanismos ficcionales. Y entonces he ahí la vida misma, no hay ningún excedente que se pretenda alcanzar; para Piglia lo único valioso radica en cómo reactualizar ese pasado para componernos como individuos, así logremos pensar y recordar tan solo un día en la vida.

Lunes 6

Pienso en la parte valorativa de esta supuesta reseña y recuerdo que un tema recurrente del libro es la figura del escritor que se va formando y deformando a lo largo de los años (tema ya anticipado extensamente en el tomo II). Sin embargo, al tono metaliterario anterior habría que añadirle la clara necesidad del autor de encontrar en la escritura una vitalidad que parece huir paulatinamente. Ya no se trata entonces del exceso bohemio y de drogas que vemos desfilar en el segundo tomo, como clara muestra de la explosión vital del autor. Por el contrario, hay un proceso de decaimiento que va acompañado de mayores referencias al propio hecho de escribir un diario (sin contar el relativo éxito editorial que producirán obras como Respiración artificial). También vemos desfilar en medio de estas dudas y crisis propias del artista, el lado humano y sentimental de Emilio como pareja: un devaneo o disyuntiva entre la escritura y el compromiso tradicional con una mujer: “El cinismo, o mejor la ironía, es el escudo de los corazones demasiado sensibles” (42). Y como no podría ser de otra manera, los dilemas sentimentales del protagonista se combinan con reflexiones literarias y diversas citas de las lecturas que el escritor ha ido acumulando en su vida. Más allá del registro de anécdotas personales, el formato diario se vuelve un soporte o garantía de la consolidación de Piglia como escritor, de una vida dedicada a la ficción en su sentido más literal: días sin dormir ni comer, junto con la ingesta de diversas drogas que le permiten alcanzar nuevas experiencias que verán sus resultados en la escritura incesante de libros y diarios.

Pero también hay otra faceta interesante que se despliega en este último tomo: la labor docente. Piglia destaca la gran influencia de su vida en Estados Unidos, así como la importancia que tiene la filosofía y la academia en su construcción como intelectual. Sin embargo -y aquí aparece un tema que merece un mayor desarrollo- Renzi alude muchas veces a una actividad académica propia de su formación universitaria que no parece haber afectado su propia obra literaria. A diferencia de una tendencia cada vez más predominante en la literatura actual, Renzi logra separar el ámbito académico del plano ficcional o creativo, y por esta misma razón, podemos deducir dónde ve él que se encuentra el sentido de vivir, si es que existe uno desde luego.

Un punto aparte merecen las diversas referencias de Piglia a la liquidación de la autoficción. ¿Qué mejor prueba de atentar contra dicha propuesta que escribir un diario donde se oscila entre la primera y la tercera persona? Más allá de ello, también vale pensar en las diferentes reflexiones sobre el rol superior que posee la ficción para poder otorgarle sentido a cualquier experiencia: “Solo podemos nombrar las cosas que le ocurren a otras personas, nuestra propia experiencia vivida, nuestra existencia, nuestra sensación del paso del tiempo están demasiado próximas a nosotros como para ser visibles de un modo externo (de ahí la imposibilidad y fascinación de los diarios personales como éste); ese mundo constituye el objeto preferente de la novela, la narración coincide con la evocación de esas experiencias incomparables” (131).

Es quizá la sección “Un día en la vida” la parte más conmovedora del último tomo, y también el punto en el que la estructura más tradicional del Diario se ve suspendida. Se nota ello desde el cambio de tiempo verbal, sea en pasado perfecto o pretérito imperfecto. En realidad se tratan de retazos de experiencias que se agrupan aleatoriamente, pero donde también se observan puntos en común, sobre todo a partir de personajes importantes, como su hermano Horacio. Este funcionará como otro alter ego de Renzi, pues representa concretamente la vida que aquel pudo tener, en caso de haber renunciado a su íntimo compromiso con la literatura. Horacio fue el hermano que buscó ante todo constituir una familia, razón por la cual Renzi confiesa que su padre es más padre de Horacio, que suyo. Hay un entendimiento implícito entre aquel hermano y su padre, lo cual se convierte en la razón para que Emilio encuentre en la literatura su única motivación para vivir.

Como no podía ser de otra manera, mi comentario sobre este libro acabará aludiendo a la muerte. Pero “Diarios sin fecha”, no solo alude a esta fuerza y su inminente proximidad, porque continúan los temas recurrentes de los otros tomos: reflexiones sobre diversas poéticas, rutas de lectura sobre diversos géneros, indagaciones sobre la escritura del Diario en sí mismo, etc. Además, el afirmar que la muerte ronda los últimos momentos de Renzi no supone que este se explaye contándonos los dilemas de su enfermedad. Por el contrario, incluso las últimas páginas mantienen un alto nivel de agudeza reflexiva en torno a la escritura de diversos escritores centrales en la formación de Emilio.

Solo en la última entrada, “La caída”, vemos al propio Renzi sufriendo las limitaciones corporales que finalmente lo conducirán a la muerte. No obstante, aun en esos decisivos instantes con que se cierra todo un proyecto literario, y junto con él, la vasta empresa de los Diarios, Emilio y Ricardo son capaces de enmarcar su vida y su literatura en la última experiencia corporal que los afecta, como si solo reconociéndose en la vulnerabilidad, su ingenio pudiera mantenerse vivo, más allá del aparente último día en la vida, escrito y fechado un lunes incierto.


[1] Piénsese también aquí en la célebre consigna posmoderna “todo es discurso”.

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