The house that Jack built: La imposibilidad de anábasis para Lars Von Trier

Fuente: picclik.co.uk

Lars Von Trier es de esos directores que no admite puntos intermedios: lo amas o lo odias. Sobre todo si te mantiene sentado durante largas horas viendo escenas surrealistas, que lindan con lo gore (Anticristo, 2009) o llenas de sexo, entre el soft y el hardcore porn (Nymphomaniac, 2013). Sin embargo, vale aclarar que la obra del director danés no siempre se ha caracterizado por altos niveles de radicalidad, y producir el escándalo para ciertos espectadores (por ejemplo, Rompiendo las olas, 1996, es una romántica y conmovedora historia de amor). Lo cierto es que desde hace varios años, Trier ha venido desarrollando proyectos cinematográficos que producen bastante incomodidad en el espectador. Hacia esto parece apuntar su última película, pero como es de esperarse en Trier,  esta es más de lo que aparenta.

Ambientada en los años 70, The house that Jack built (2018) juega a ser la biografía de un asesino en serie, un brillante ingeniero y frustrado arquitecto[1], con trastorno obsesivo compulsivo, que añora construir su casa ideal. A lo largo de doce años, vemos cinco “Incidentes” en su vida, a modo de capítulos en los que se organiza la cinta. Cada etapa está marcada por el deterioro de Jack como ser humano, y su evolución como asesino, pero sobre todo como artista. Además, hay un epílogo que nos cuenta su inesperado desenlace.

Trier deja en claro que estamos en el terreno propio de la oscuridad desde el temprano diálogo que aparece en la película. En contra de un sentido cronológico, se alternan episodios de la vida de Jack -interpretado de forma soberbia por Matt Dillon- narrados por él mismo hacia Mr. Verge (Bruno Ganz). Rápidamente, el tema del asesinato empieza a conectarse con una de las grandes obsesiones del protagonista –y del director, sin duda-: el arte. En breve, se puede afirmar que Jack defiende no una estetización de la violencia (tema recurrente en la historia del arte, con sus correspondientes polémicas), sino la construcción de una obra estética llevada a sus límites humanos (y humanistas). Quizá esto puede sintetizarse en una violentización de la estética, ya que Jack equipara la labor artística al oficio de asesino. Hace de cada acto homicida una forma de esculpir aquel cuerpo que emplea como materia artística para alcanzar un fin superior, más allá del bien y del mal.

A medida que avanza la película, el ambiente violento y psicológico que rodea al protagonista se ve desplazado por el nivel filosófico. Al fiel estilo de Trier, las escenas narrativas son intercaladas por un estilo documental donde se insertan diferentes obras de arte, sobre todo pinturas y obras arquitectónicas que son utilizadas por Jack para dar sustento a su teoría de paralelismos entre el arte y la violencia. Esta última, expresada en realistas y crudas imágenes que pueden llegar a espantar al espectador, logra a través de su exceso un efecto usual en el cine de Trier: la banalidad de la violencia como humor negro. Vemos muchas mujeres asesinadas, totalmente ingenuas para sospechar del mal que las acecha en sus encuentros con Jack (de todas ellas, sobresale la actuación de Uma Thurman). Pero el filme tampoco plantea una acérrima defensa de la teoría de Jack en torno a una poética de la violencia, pues él se ve constantemente puesto en aprietos por la misteriosa voz de Mr. Verge. Todos estos recursos le otorgan a la película una gran fluidez que facilita a la expectación la acumulación de asesinatos durante gran parte de las dos horas y media de duración.

Sea por la figura del alter ego, o por la recurrencia de recursos metaficcionales y la autorreferencialidad donde vemos desfilar películas pasadas de Trier, The house that Jack built aparece para marcar un punto de culminación de una etapa o quizá de uno de los momentos finales de la carrera de Trier como director. Por eso, la película se orienta hacia una catábasis, y al parecer, no habrá posible anábasis (tanto para Jack como para Trier). El director se nos entrega a partir de una película que lleva al límite sus marcas personales como autor y para confirmarnos que los límites entre realidad y ficción quedan disueltos ante una violencia que nos rodea en el día a día y que parece rebasar cualquier verosimilitud. Como una especie de refracción ridícula de esta realidad, vemos a Jack asesinando personas ante la total indiferencia de los demás. Es la confirmación de la individualización de las experiencias y el nulo interés por la vida de los otros (léase racismo, xenofobia, etc).

***

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Fuente: screeningroompodcast.com

Sobre la catábasis:

Como indiqué previamente, a medida que avanza el filme, el exceso de violencia va disminuyendo, lo cual abre paso a un epílogo que rearticula el sentido total de la cinta: “Katabasis”. En una atmósfera surrealista, se produce el descenso de Jack hacia lo más profundo de lo que parece ser un Infierno de origen dantesco, con la guía de Mr. Verge, cual Virgilio amoral que se encarga de llevarlo a sus propios límites, y al mismo tiempo darle la libertad de alcanzar su destino final. Pero solo la última escena nos puede confirmar si esto es posible o no.

[1] Las similitudes entre ambas profesiones y sus diferencias insalvables no hacen más que aumentar el nivel de ambivalencias que busca generar el director. Tempranamente, nos sitúa en un juego metafórico en el que se puede reconocer la diferencia entre la realidad del individuo y su deseo imposible. Esto puede extrapolarse para hacernos pensar en el cada vez más común conflicto de vivir una realidad ajena a nuestras más profundas aspiraciones.

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