Parque industrial: ¿por qué leer una novela proletaria hoy?

Fuente: Amazon.com

No, no se trata de leer una novela con tal rótulo solo por las implicancias políticas que se pueden desprender. En realidad, Parque industrial (1933)[1] de Patricia Galvão (Pagú) revela la vigencia de problemas sociales y a su vez la necesidad de una renovación literaria y/o un trabajo lingüístico para poder expresar la complejidad de un mundo atravesado por las dinámicas del capitalismo. La opción de Pagú es optar por una narración acelerada y estrepitosa (lo que hoy en día se llama insistentemente “estilo fragmentario”[2]), que plantea una ruptura entre capítulos para sumergirnos en el universo inestable e incierto de los proletarios, afectados por los abusos de los jefes de fábrica. Pero lo mejor –o peor- es que Pagú transmite esa desesperanza en una sensación de apremio en el propio acto de lectura.

“Sao Paulo es el parque industrial más grande de América del Sur” es la frase con la que inicia la novela y que nos plantea la relación estrecha entre la vida de una ciudad y su proceso de industrialización como pauta de lectura. Lo que prosigue es un desplazamiento constante de la voz narrativa hacia cada uno de los miembros de la sociedad afectados por el capitalismo: las trabajadoras, el burgués traidor, el  militante comprometido, etc. Como abismo inminente para casi todos ellos se encuentra el convertirse en lumpen proletariado.

Desde los epígrafes que contienen datos estadísticos de la producción industrial, existe la intención de que la novela vaya a la par de los conceptos científicos que guían el horizonte revolucionario de ese entonces. Si las estadísticas grafican una abstracción de la realidad, la novela sería capaz de cumplir los mismos objetivos. Vale pensar cómo el significado de la novela en su contexto inmediato deja sus huellas en una mirada contemporánea[3]. Siendo conscientes de que la obra (y la novela como género) perdió esa función social propia del contexto de los 30 en Brasil, también cabe preguntarse si es que en realidad la literatura en ese entonces tenía por sentada tal función, sobre todo porque considero que la novela de Pagú no calza precisamente en los moldes de un realismo socialista. Por el contrario, el uso de técnicas modernas demuestran el claro impacto del Modernismo brasileño (léase Vanguardias para el resto de Latinoamérica y España).

¿Cómo es posible que una obra de vanguardia tenga como estandarte el rasgo de proletariado? Justamente porque no es difícil encontrar un diálogo pleno entre tal corriente artística y los lineamientos políticos revolucionarios[4]. Además, no debe sorprender en la novela de Pagú la ausencia de personajes centrales, cuyo destino no importa seguir porque no puede pensarse en la formación de un futuro ante un presente condenatorio (ficcional, pero que resulta cada vez más real hoy en día ante las políticas neoliberales). Cada rostro funciona como una careta o una máscara que encubre los problemas sustanciales: el control de las fuerzas y medios de producción. Pero al mismo tiempo, el desplazar el problema supone detenerse más en la relación con los propios medios de producción. Ante este escenario, el lenguaje debe desarticularse de su dimensión subjetiva y afectiva, y contaminarse de la realidad de las fábricas.

La actitud visionaria de Pagú también se observa sobre todo en la inclusión de factores raciales y de género, porque nos muestra que son las mujeres negras las que están en mayor riesgo ante la explotación que las acecha. He aquí otra razón de la importancia de una novela como esta en el presente. Vivimos una época donde no se puede eludir el hecho de que el proletariado tiene color y género. Esto no significa para Pagú –curiosamente- asumir a plenitud una perspectiva de género, sino por el contrario, pretender un distanciamiento a partir de un narrador “objetivo”, pero que al mismo tiempo habla en nombre de los personajes. Lo cierto es que en los momentos en que esto ocurre se despersonaliza el momento dramático[5] y en su lugar se exponen las propias contradicciones del discurso revolucionario de los 30: ¿la lucha o el goce (la diversión / el sexo)? Porque Pagú nos hace ver -¿de manera crítica?- que la posición del militante supone sacrificios y cierta deshumanización, que no deja de ser llamativa teniendo en cuenta que se trata de un ser de por sí alienado de los medios de producción. Hoy, casi noventa años después de la publicación de esta obra, tal condición y sus interrogantes siguen vigentes.

 

[1] Traducción de Martín Camps (2016).

[2] Curiosamente, en plena época de experimentación lingüística y literaria, considero que el estilo de Pagú responde de forma directa a una motivación ideológica o de contenido, con lo cual se diluye la dicotomía forma/fondo. Si bien esta idea hoy en día parece superada en los estudios literarios, no deja de sorprender que se haya caído en el otro extremo: ciertas decisiones a nivel de estilo se dan por sentadas, sin mayor problematización.

[3] Como si (re)leer una novela de una época distinta hoy pudiera aún dejar huellas –a pesar de su inminente opacidad- de un aura benjaminiano cada vez más disuelto. Quizá valga la pena una empresa de esta naturaleza como modo de articulación de tiempos separados por aberturas que solo el acto de lectura puede volver a unir.

[4] El ejemplo más inmediato que se me viene a la mente es la publicación El Surrealismo al servicio de la revolución, posterior al Primer Manifiesto Surrealista.

[5] La técnica vanguardista hace pensar en el distanciamiento brechtiano.

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