El fondo del cielo: un mundo que se extingue ardiendo de amor

El fondo del cielo
Fuente: Abebooks

Debo reconocer que casi no he leído novelas de ciencia ficción, pero luego de leer El fondo del cielo (2009), me quedé con la sensación de que este género merece ser revalorado. En cierto modo, esto es lo que sugiere Rodrigo Fresán al transmitir una historia llena de reflexiones y referencias metaliterarias, pero sobre todo, una narración que nos reubica en los tópicos básicos de la literatura: las historias de amor. Creo que esa es la estrategia recurrente de Fresán, como bien nos lo hace saber en su gran novela Mantra (2011, reedición), donde no dejan de estar presente los elementos de la literatura de ciencia ficción.

No es en vano la mención a Mantra, porque de modo similar, en El fondo del cielo aparece una extraña relación amical entre dos jóvenes (Isaac Goldman y Ezra Leventhal), pero que luego incluye a otro más (Jefferson Franklin Washington Darlingskill) y finalmente, a la infaltable amada: la chica rara. Los jóvenes son fanáticos de la ciencia ficción, según lo que relata Isaac a través de sus impresiones sobre el futuro, que en realidad se ubican en el pasado. En este ir y fluir del tiempo aparece un mundo lleno de extraterrestres y objetos hipermodernos acompañado también de un lenguaje futurista que enriquece y complejiza las imágenes trazadas por Isaac como narrador. A ello se agrega el estilo fragmentario o de ruptura en la construcción de párrafos y en las secciones de las tres partes del libro, que también se estructuran en frases cortas, a veces aforísticas, otras veces digresivas. De este modo, no parece existir un solo hilo narrativo, sino que la novela adquiere una fuerza centrípeta hacia las referencias de la cultura popular y de la literatura de ciencia ficción.

Quizá suene exagerado denominar esta obra como novela experimental, pero lo que es incuestionable es la destreza de Fresán para plasmar una escritura que se caracteriza por su constante rehacer. Tal ambición literaria, desde luego, implica riesgos, y ello se evidencia en la irregularidad de las tres partes[1]. Mientras que la primera maneja una gran intensidad, esta decae en las siguientes, sobre todo en la segunda, donde el nivel experimental es mayor a partir de las digresiones que se alejan radicalmente del hilo medular: la relación entre la chica rara y los jóvenes fanáticos de la ciencia ficción. Asimismo, en dicha segunda parte se entretejen dos voces narrativas que no logran diferenciarse claramente, lo que genera una (mayor) confusión en el lector. Sin embargo, gracias a la narradora de la tercera parte, aparece un nuevo giro en la historia que, si por un lado, logra cuajar varios puntos ciegos de la primera parte, al mismo tiempo, resulta por momentos exageradamente explícita en sus ansias de dar respuestas a las interrogantes del narrador de la primera parte. Y esto no deja de ser curioso, porque una de las mejores críticas que la novela realiza a la literatura de este género es justamente la insistencia de ciertos escritores por arrojar respuestas a todos los misterios que ofrecen estas obras.

Como una especie de nave de aterrizaje a lo concreto o a la Tierra de la literatura, al final de la novela, Fresán introduce una explicación de cómo elaboró esta obra, en la cual señala a modo de sentencia: “ésta no es una novela de ciencia-ficción. Ésta –ésta fue y ésta será- es una novela con ciencia-ficción” (263). Sin duda, no podemos confiar siempre en las palabras del autor real frente a las del autor implícito, por lo que podemos afirmar, como refiere Paz Soldán[2], que es tanto “de” como “con”. No solo es de ciencia ficción porque no se limita a contar una historia enmarcada en los parámetros del género (aunque definitivamente hay alusiones explícitas, pues uno de los protagonistas es una extraterrestre y los viajes estelares son frecuentes), sino que cuestiona las nuevas direcciones que este ha tomado en las últimas décadas, desde su apogeo (década del cincuenta, según Paz Soldán) hasta lo que se señala como su época crítica.

Mención aparte merece la gran presencia que cobra el personaje femenino, un ser que parece ser una divinidad extraterrenal (o extraterrestre): la única fuerza capaz de darle un orden a los universos y renovadora de la espiritualidad de unos habitantes que cada vez están más condenados a la destrucción, según lo anuncian los tantos “fines del mundo” de la tercera parte.

No deja de sorprender, además de lo ya referido, que entre las diversas referencias intertextuales aparezca un tributo al arte a través de la figura del Mark Rothko[3], cuyos cuadros vistos por la chica rara -sobre todo el famoso Yellow and blue (Yellow, Blue on Orange)– muestran paisajes coincidentes con los cielos del extraño planeta Urkh 24. Esta es la mejor confirmación de aquella idea que se sostiene a lo largo de la novela: lo que encontramos en un futuro de mundos distantes no es más que lo que ya hemos visualizado en el pasado. Y no debe de sorprendernos que lo mismo suceda con los sentimientos, sobre todo con el amor, nos diría Fresán. A diferencia de los finales del mundo, en las historias de amor sí habrá –por lo menos- dos testigos, porque “Qué sentido tiene un final para el  que no habrá testigos. Un final sin público no es nada, no es un final” (251).

[1] La misma estructura se puede apreciar en Mantra, lo cual inevitablemente me hace pensar en Los detectives salvajes y su –quizá exageradamente- extensa segunda parte llena de digresiones y microrrelatos / anécdotas.

[2] http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/el-fondo-del-cielo-rodrigo-fresan

[3] Hace poco más de un año pude ver algunos cuadros de Rothko en High Museum of Art de Atlanta, Estados Unidos. Por cuestiones del azar, perdí las fotos de dichos cuadros, y dejé de explorar la vida de este pintor, hasta que la lectura de El fondo del cielo me hizo evocar la intrigante vida de dicho artista. Indirectamente, Fresán me hace comprobar que mis intereses futuros demandan hurgar (otra vez) en el pasado.

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