Sustitución: el desplazamiento del padre

Sustitución

Una de las temáticas más recurrentes en la literatura peruana de los últimos años es la –mal[1]– llamada “novela del padre”. En esta línea, se agrupa una serie de escritores, de los cuales probablemente el que ha tenido más impacto es Renato Cisneros con La distancia que nos separa (2015)[2], debido a las varias reediciones de la novela, pese a que el éxito comercial no necesariamente condiciona su calidad literaria. Otro escritor asociado a esta tendencia es Jack Martínez Arias, quien hace algunos años publicó Bajo la sombra (2014), una novela que tuvo una buena recepción crítica, donde se resaltaron muchos aciertos del autor de acuerdo a las expectativas de toda primera obra. Sin embargo, una segunda novela siempre se juzga con una óptica diferente, y una trama interesante y compleja requiere un sostén a lo largo de toda la narración -no solo basta un buen comienzo- así como la presencia de personajes adecuadamente desarrollados (redondos, y no planos o accesorios). Sustitución (2017) es el reemplazo de lo que podría haber sido una buena novela.

La obra de Martínez cuenta la historia de Jesé, quien guarda un profundo secreto en torno a la muerte de su padre, un veterano de guerra que ha sido mutilado y con problemas de estabilidad emocional. La trama se vuelve más interesante cuando Jesé se ve envuelto en un romance que paulatinamente lo llevará a excavar en su memoria, y en aquello que él pensaba que había olvidado. Todo esto sucede alrededor del típico frío del Midwest, que funciona como un complemento de la personalidad de los personajes, así como el espacio que permite comprender la particular condición de muchos latinos en esa parte de Estados Unidos.

Sustitución posee una prosa ágil que atrapa al lector desde las primeras páginas en torno al misterio del padre del protagonista. La personalidad del héroe está adecuadamente construida, mas no la de su compañera o enamorada, Laura, quien si en un principio parece ser el medio por el cual el héroe va a revelar su secreto, acabará siendo plenamente accesorio, y con ciertos rasgos estereotípicos. Probablemente, esto se vincula al uso de la primera persona (y aquí es inevitable pensar en la tendencia “autoficcional” recurrente en algunos narradores peruanos), que siempre supone un desafío si no se alterna con otras formas de narración, sobre todo porque como sucede en la novela de Martínez, el narrador protagonista tiene serias falencias para construir perspectivas alternas a las de sí mismo. Esto se traduce en cuestiones tan evidentes como cierta superioridad intelectual que el narrador manifiesta intencionalmente ante Laura, lo cual genera tedio en la lectura, pues hace demasiado explícito que los sucesos son manejados desde su posición (un narrador omnisciente que resulta incómodo).

Uno de los aciertos de la novela es la incierta relación amorosa entre Jesé y Laura, pero lo que al comienzo aparece como una línea narrativa a desarrollar, luego acaba perdiendo su propia autonomía para servir como preámbulo de la historia del padre –verdadero núcleo narrativo-. Este elemento también se presenta con buenas expectativas, especialmente a partir de la descripción del entorno paupérrimo de la infancia en La Oroya. Sin embargo, antes del clímax de la novela, el desenlace resulta predecible, por lo que le otorga a la narración un tono monótono que se traduce en varias páginas innecesarias. Pese a ello, quizá lo más rescatable de la novela se encuentre en la narración de los episodios dramáticos y traumatizantes de la vida del padre, que sirven justamente para explicar su penoso desenlace. En este sentido, más allá de la historia individual, no hay mayor profundización en los escenarios de Chulec y La Oroya, porque sus relaciones con la realidad peruana solo son descritas de manera plana; en cambio, sí se percibe una interesante indagación en el impacto de la guerra en las sociedad estadounidense (y en los latinos que formaron parte del conflicto como soldados contratados).

La brevedad de la novela se vuelve otro factor en contra, porque su extensión, naturalmente, no permite en principio el desarrollo de una historia demasiado compleja, pero al mismo tiempo demanda en el autor la capacidad para construir una narración simple pero efectiva. Esto solo se vuelve una promesa inconclusa en Sustitución, ya que los aspectos con más potencialidad (la relación con Laura y el destino del protagonista) quedan truncados ante la narración del padre, que no logra sostenerse plenamente. Es más, aun cuando el final resulta ciertamente predecible, el impacto de la razón revelada pierde peso ante la innecesaria o ineficaz reflexión del protagonista en las últimas páginas.

Cuando una novela hace uso de la primera persona, parece dejar en claro que su enfoque va a ser eminentemente personal, afectivo, o subjetivo. Al margen de las adhesiones o rechazos a tonos melodramáticos, lo que se demanda en cualquier novela es una narración bien contada. Sustitución se aleja de ello, a pesar de que maneja una trama amena. Asimismo, aunque la novela no pretende enfocarse en los escenarios peruanos, es necesario mencionar que dichos referentes solo son secundarios, en tanto que complementan el desarrollo narrativo. No se trata de una novela sobe la migración –al menos no bajo el sentido que tiene este término en la tradición narrativa peruana-, ni sobre la realidad peruana más allá de Lima, como algunos comentarios y notas periodísticas han indicado. Juicios de esta índole demuestran las intenciones de promocionar o darle mayor relevancia a una narración cuya propia estructura parece demostrar que sus virtudes se encuentran en otros recursos (por ejemplo, no cabe duda de que hay un mejor conocimiento de la realidad norteamericana que de la peruana).

Las novelas del padre o narraciones del “yo” (por el uso unívoco de la primera persona) apelan al universo íntimo o familiar como su escenario predilecto porque sus autores afirman que esto basta para trazar una narración contundente. Lo cierto es que Sustitución no es una prueba de ello, y habrá que pensar qué otra “novela del padre” puede probar tal afirmación.

[1] La literatura universal, y por ende también la peruana, a lo largo de la historia ha presentado un sinnúmero de obras que abarcan esta temática, por lo que asumir una tendencia literaria actual con dicho rótulo genera por lo menos ciertas suspicacias.

[2] Sobre esta novela, véase mi comentario en Entre caníbales: http://entrecanibales.net/julio-2017/comentario.-lenin-lozano.html

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