No es odio: la memoria es justicia y política

Miles de personas protestan en Perú contra el indulto a Fujimori

Si la verdad es una condición previa de la reconciliación, la justicia es al mismo tiempo su condición y su resultado

CVR

El Perú vive una nueva etapa desde la nefasta tarde en que PPK decretó el indulto para el genocida Alberto Fujimori. Es curioso que tal aberración haya sucedido el mismo día en que los peruanos se disponían a celebrar la Nochebuena, y para los cristianos, el nacimiento de Jesucrito. Al margen de las creencias, no puedo negar el valor histórico de la llegada de Cristo, sobre todo porque con su muerte se abre paso la figura del Juicio Final como una de las señales tempranas en la Historia de una posible redención o la esperanza de un tiempo nuevo marcado por la justicia. Lo que sucedió la noche del 24 de diciembre fue todo lo contrario: afrontamos el renacimiento de la impunidad.

A partir de los hechos recientes, lo que más me ha sorprendido es la serie de reacciones de los sectores fujimoristas, pero sobre todo del propio Presidente, quien se ha quitado la máscara para poner en marcha una política enmarcada en los lineamientos fujimoristas, y –lo peor- consecuente con el discurso del olvido ante los tristes hechos acontecidos durante el Conflicto Armado Interno. Quiero detenerme en el improvisado mensaje presidencial emitido el mismo 25 de diciembre. En un momento de su discurso, PPK menciona la importancia de la reconciliación[1], pero todos sabemos que un proceso de este tipo requiere una conversación con los diferentes actores involucrados en el Conflicto. Juan de la Puente explica que “es extraña la pretensión de forzar la reconciliación desde el indulto, una apuesta que hasta suena ofensiva al no considerar los medios, los fines y los plazos. No puede haber reconciliación con jóvenes gaseados en las calles, con magistrados del TC a punto de ser destituidos acusados de conspirar contra militares que no quieren someterse a la justicia en casos graves de violación de DDHH, o con una campaña en curso que tacha de terroristas a los organismos defensores de los DDHH”[2].

Esto no es nada nuevo, pues si hay una búsqueda real de reconciliación, basta con acudir a la Introducción de la CVR, para entender las implicancias de dicho término: “Por la diversidad de dimensiones que implica, la instauración de la justicia es una tarea de largo aliento para nuestro país. El esclarecimiento de la verdad y la sanción moral a los responsables; la sanción judicial a los culpables, ajena a toda arbitrariedad; la reparación de las víctimas y la propuesta de reformas institucionales son modos de expresión del principio ético de la justicia que la CVR ha hecho suyo y que propone al país con la finalidad de refundar los vínculos esenciales de convivencia ciudadana. Es, en otras palabras, una propuesta de reconciliación nacional la que aquí se ofrece”[3]. Lo que sugiere el Presidente es lo más ajeno a tal concepto, o a su significado. Es más, cae en una grave contradicción: el indulto interrumpe la sanción judicial, y por ende, impide la apertura de la reconciliación. Causa preocupación que en este contexto el Estado no recurra a la CVR. Su omisión convierte al archivo en una pieza de museo, relegada en el olvido, y le quita legitimidad a las memorias.

Sin embargo, el punto más importante del discurso de PPK es aquel donde pide a los jóvenes peruanos que dejen de lado los sentimientos negativos ante la liberación de Fujimori. Inevitablemente, esto trae a mi mente las innumerables veces en las que los fujimoristas han criticado a quienes se oponen a la posibilidad del indulto. Hoy en día todos recordamos la perturbadora frase “¿por qué tanto odio (hacia Fujimori)?”. Es más, el propio PPK pidió que “no nos dejemos llevar por el odio, no paralicemos nuestro país”. Como se puede notar, se ha creado un discurso que percibe a los antifujimoristas y/o a quienes nos oponemos al indulto, como personas motivadas netamente por cuestiones emocionales o afectivas (odio, principalmente), como si el tema pudiese explicarse solo desde el plano de la moralidad. En este escenario, las reflexiones de Beatriz Sarlo resultan cruciales. En su libro de lectura imprescindible –sobre todo para los que estudiamos el tema de memorias- Tiempo pasado, la escritora cuestiona el giro subjetivo que han tomado los testimonios y relatos en torno a la dictadura argentina. Según ella, en muchas novelas, por ejemplo, los conflictos políticos que se registraron durante la Dictadura se vieron reducidos a una cuestión netamente afectiva (víctimas enamorándose de sus torturadores, o buscando la forma de superar el trauma emocional ante lo vivido, etc.)[4]. El problema, indica Sarlo, es que ante estas situaciones, el discurso de la memoria pierde todo su valor político. ¿Quién puede –o tiene la potestad para- cuestionar los sentimientos de una persona o la intensidad del hecho traumático? Ante la predominancia de lo que ella llama el giro “subjetivo” en los testimonios, la Academia parece asumir como verdad cualquiera de estos discursos y por lo tanto considera que no deben ser sometidos a análisis.

De la misma manera, la insistencia en un discurso “sin odio” respecto al indulto lo único que demuestra es que las distintas memorias son vistas desde el plano de lo subjetivo, del terreno absolutamente personal. Bajo este punto de vista, nadie podría cuestionar la construcción del pasado para distintos grupos sociales porque finalmente cada uno valoraría lo sucedido según la arbitrariedad de su subjetividad. Solo se les podría sugerir que superen esos sentimientos adversos, como acaba de señalar hace poco la viceministra Mercedes Aráoz: “hay que comenzar a recuperarnos y a olvidar” [5]. Al margen de su capacidad nula para comprender a las víctimas, se insiste en cuestiones personales. Para Aráoz, “Los castigos [como la prisión a Fujimori] no son revanchas, no son venganzas”. Además de la dimensión jurídica, lo que se soslaya aquí –insisto- es el hecho de que la memoria, al tratarse también de un tipo de discurso, se configura a partir de diversos planos, y no es la pura experiencia (marcada por la carga afectiva y subjetiva inherentes). Uno de sus elementos claves es la dimensión política –y esto deberían entenderlo mejor justamente nuestros gobernantes-. Esto no quiere decir que detrás de las marchas realizadas en los últimos días, haya manejos por parte de partidos o “grupos con intereses políticos”. De lo que se trata es del terreno de la política en el sentido de disputa, confrontación en torno a cómo recordar el pasado en función de un presente con posibilidades de reparación y de la formación de una sociedad más consciente de los conflictos que la rodean.

Debe quedar en claro que cualquier argumento en torno al indulto debe dejar de lado la absurda idea de que es un hecho que puede despertar adhesiones o rechazos basados en la subjetividad (el odiar o no a Fujimori está fuera del debate). En vez de eso, se debe cuestionar o criticar lo sucedido a partir de las directrices de la CVR y en función de qué tipo de sociedad estamos construyendo.

[1] De hecho, ni bien se libró del proceso de vacancia, el Presidente ya manifestaba en un tuit su pretensión de “reconciliación”. Ahora manosea insistentemente este término con la figura de un “gabinete de la reconciliación” a partir de los nuevos ministros que formarán su gobierno (fujimorista).

[2] http://larepublica.pe/politica/1163860-el-retorno-del-lado-oscuro

[3] CVR, Tomo I, “Introducción”, p. 36.

[4] Si bien este escenario no parece haberse presentado de manera clara en la literatura peruana, sería oportuno estudiar el impacto de la autoficción en torno a las configuraciones del pasado. Por ejemplo, La distancia que nos separa de Renato Cisneros grafica cómo el personaje de un político militar es representado desde la plena subjetividad y lo afectivo. Es sintomático que una novela de este tipo haya agotado su tiraje rápidamente.

[5]http://larepublica.pe/politica/1164128-mercedes-araoz-con-todo-respeto-a-las-victimas-hay-que-comenzar-a-recuperarnos

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